La Estación de Ramos Mejía cumple 163 años de su inauguración

La familia Ramos Mejía, propietaria a mediados del siglo XIX de las tierras que en la actualidad se erige la ciudad homónima advierte la importancia estratégica de una parada ferroviaria y dona cuatro manzanas para uso público.

Es por ello, que el 25 de septiembre de 1858 llegó el primer tren a esa zona en lo que se denominó apeadero General San Martín, ubicado donde hoy se encuentra la actual estación Ramos Mejía de la Línea Sarmiento.

El historiador ramense Eduardo Giménez rescató un fragmento de una reseña publicada en un matutino porteño que describía la primera construcción: “se levantó la estación, consistente en una pequeña casucha de madera con dos subdivisiones, una para oficina y otra para vivienda del encargado, y un galpón destinado a almacenamiento y depósito de frutos del país y otras cargas. No se instalaron ni plataformas, ni apeaderos, ni desvíos”.

La entonces estación San Martín constaba de un edificio de material de 16 varas por cinco, techo de ripia, con cocina de material y pozo de agua. Plataforma de material de 60 varas por cuatro, disco de señales, faroles, escaleras, palas y picos. Tres hornos para hacer coke, con techo de madera y herramientas, además de una mesa giratoria.

La formación que circulaba entre la Estación del Parque y Ramos estaba compuesta por dos vagones de pasajeros, más pequeños que un tranvía antiguo, que eran arrastrados por la locomotora La Porteña.

En la inauguración de la primera estación construida fuera de los límites de la Capital Federal estuvo el presidente Bartolomé Mitre quién dijo: «Al tomar en mis manos los instrumentos del trabajo para levantar y conducir la primera palada de tierra del ferrocarril, siento mayor satisfacción que la que experimentaría dirigiendo máquinas de guerra, aunque fuera para triunfar gloriosamente».

En la revista Todo es Historia se cita un testimonio de un personaje de la época que describe el lugar: “A cien metros de la nueva estación nacía el camino que conducía hacia el sur, a San Justo, adonde se bifurcaba en dirección al casco de `Los Tapiales’, y al río Matanza; a El Pino y a Cañuelas. Algún puesto de la estancia se hallaba cerca de la estación y a poca distancia de ella, hacia el noroeste, destacaba su silueta criolla la pulpería `La Blanqueada’. Al oeste se divisaba la arboleda y la casa de la antigua quinta de `La Figura’, que posteriormente fue de D. Matías Ramos Mejía.”

En 1872 la estación pasó a llamarse Lavalle, pero a los pocos meses recibió el nombre actual en reconocimiento a la familia que donó las tierras.

Pintura de María Lucía Rocco

Giménez, en su libro Aquel Ramos Mejía de antaño, pinta los alrededores de la nueva estación para 1875: “a ambos lados de la estación… se encontraban las ‘plazas de carretas’. En esos espacios libres acampaban las tropas que venían con frutos del país desde el interior o que volvían con víveres, materiales, útiles y enseres para la campaña. Los conductores, cuando no acudían a la fonda y pulpería de La Esquina (hoy calle Ardoino y 9 de Julio), más para beber caña paraguaya que para comer, formaban los tradicionales fogones junto a las carretas alineadas y luego sesteaban o dormían en la noche sobre mantas y aperos debajo de esos vehículos. Muchas carretas, además, llegaban hasta la estación —San Martín todavía— para cargar tasajo, de las viejas y conocidas saladerías de Caseros, como así también para remitir por ferrocarril importantes cargamentos de cueros, lanas, cerdas y otros productos. Al mismo tiempo recibían mercaderías de la ciudad. Este uso del ferrocarril se hacía principalmente en otoño, invierno y parte de la primavera, cuando el Camino Real a la entrada de Flores y pasando Almagro se encontraba poco menos que intransitable por sus famosos pantanos”.

El paso de las vías trajo casi de inmediato un rápido desarrollo para esta zona que se vio favorecida por la llegada del progreso, que era lo que representaba el ferrocarril para la sociedad de la época, por lo que el paraje tuvo el impulso necesario para transformarse en un punto de referencia que sería significativo con el paso del tiempo.