Diego Gatto, responsable del Grupo Manos a la Olla de Ramos Mejía

Hay personas cuya vocación está orientada a ayudar a los demás, a los que menos tienen, a los postergados, sin importar las carencias propias, porque entienden que hay otros que se encuentran en una situación más apremiante.

Este es el caso de Diego Gatto, que desde hace un lustro pudo concretar su necesidad de brindar su tiempo para mitigar las carencias de los demás. Y no lo hace solo porque tiene en su compañera Florencia la coequiper ideal para enfrentar el desafío, que además es compartido por un grupo reducido de compañeros que se trazaron como meta ayudar a los que viven en situación de calle.

Por eso, en 2016 formaron el Grupo Manos a la Olla para brindarles alimentos a aquellos conciudadanos que no tienen un techo ni un plato de comida. “Antes de la pandemia les dábamos de comer a casi 80 personas, todos los jueves en Av. de Mayo y Rivadavia, en “la tanga. En la actualidad, en pandemia, preparamos y entregamos entre 35 y 40 viandas a personas en situación de calle”, explica Diego.

El impulsor del grupo solidario sostiene que esa cruda realidad también se hace visible en las calles de Ramos: “Hasta hace un tiempo había chicos viviendo sobre los refugios con techito de cemento en las paradas de colectivos sobre Rivadavia, a metros de la estación. Ahora no están, pero durante años vivieron allí. Estos chicos que sufren una realidad muy violenta, por el contraste de clase que experimentan a diario y, además, porque sufren la discriminación y porque la policía que no los dejan en paz”.

Pero el orgullo por el esfuerzo realizado se hace visible cuando enfatiza que desde la primera olla que organizaron hasta hoy, en pandemia, nunca interrumpieron su trabajo solidario y que “sostener la recorrida para llevarle comida a la gente y poder abrazarlos” es su verdadera labor.

Además, el grupo apadrina al comedor 395 “Milagritos Mezza”, de Virrey del Pino, al que le entregan mensualmente bolsones de alimentos y ropa para las casi 200 personas que asisten desde el barrio El Fortín y que viven en situación de extrema pobreza.

¿Cuándo y cómo surgió Manos a la Olla?

En agosto de 2016 pusimos nuestra primera olla en Av. de Mayo y Rivadavia. En ese momento concretamos la idea que surgió un año antes desde un grupo de militantes compuesto por unas 50 personas, todos con el mismo pensamiento político. El objetivo era comenzar con la instalación de una olla en la Plaza del Cañón.

Pero de esas 50 personas se sumaron sólo tres. Por lo que hicimos un grupo aparte y, finalmente, nos juntamos seis para darle forma en base a mi experiencia en otro grupo que se llama Calles Solidarias. Entonces me reuní con ellos y quedamos en sumarle un día más en Ramos. Pero en el momento que surgió decimos dejar nuestra ideología política de lado y unirnos para ayudar, por lo que aquí hay gente de diferentes pensamientos políticos. El grupo es apartidario.

¿Cocinaban siempre ustedes?

Sí, empezamos cocinando siempre nosotros en alguna de nuestras casas, armamos un Facebook y le pusimos un nombre, le fuimos dando identidad y después publicábamos la fecha una vez por mes para que la gente se anotara para cocinar o para ayudar con la recorrida. Entonces, al que se sumaba al proyecto le llevamos la olla con los insumos para que cocinara en su casa y después pasábamos a retirarla.

¿En la actualidad cuántas personas integran el grupo?

El grupo fijo está compuesto por 15 personas que somos los que llevamos el proyecto adelante. Pero hay gente que colabora unos meses y después se va; otros colaboran un par de años y en muchos casos vuelven al grupo para seguir ayudando. Por otra parte, a través de las convocatorias que realizamos muchas personas se acercan a traer donaciones ante algún pedido específico.

¿Dónde distribuyen las viandas?

La mayoría a gente en situación de calle o en vulnerabilidad. Hay personas que nos conocen y se acercan en la actualidad a la Plaza Sarmiento para buscar la comida, porque ese es el punto desde el que salimos a distribuir las viandas a personas que tienen su lugarcito en la calle.

Nuestro recorrido se hace básicamente en Ramos Mejía porque hay muchas personas en situación de calle y que nosotros sabemos dónde se encuentran, porque a veces se esconden. Como la señora que está siempre en Bolívar y Rivadavia, sobre las paradas de colectivos. Hay un hombre en Castelli y Necochea, después en Av. de Mayo al 100 hay un cuidador de coches que de noche se esconde en un recoveco sobre la calle Mitre. En el túnel de la estación también hay personas, como en el puesto de flores.

Antes de la pandemia cocinábamos una olla llena para casi 80 personas, pero además les dábamos, postre, bebidas. Pero no sólo venían a comer, porque también era un lugar de encuentro. Para nosotros era una fiesta. Ahora estamos haciendo algo totalmente diferente.

Entonces, además, generaban un vínculo con las personas

La gente te esperaba porque ya sabía que íbamos a ir. Por eso te digo que era algo totalmente diferente. Nuestra labor iba más allá del plato de comida, era ir a charlar con la gente para que te contara sus cosas, para resolver algún problemita que se les presentaba, en la medida de nuestras posibilidades. Además, hoy me siguen llamando porque tienen mi número.

Te cuento algunos casos. Hay gente que quedó en situación de calle por un problema familiar, porque se quedó sin trabajo. Por ejemplo, estaba el “Colo”, que tenía su casa en la calle Güemes, que estaba jubilado y vivía con los padres a los que estaba muy apegado. Y el tipo se acercaba a comer y te preguntaba si podía estar, porque lo que venía a buscar era compañía. Entonces nos quedábamos charlando y nos contaba sus historias.

Esa es una, pero hay muchas historias más. Hemos tenido noches fuertes, de violencia, en donde tenés que ir manejando situaciones jodidas.

¿La esencia de esa función solidaria que cumplían cambió con la pandemia?

Sí, ahora estamos abocados a gente que está en la calle y que necesita la comida. No es como antes, pero te quedás charlando porque te esperan para hablar un ratito.

En la actualidad estamos repartiendo entre 35 y 40 viandas y lo vamos manejando entre nosotros porque no estamos consiguiendo gente para las recorridas por las restricciones vinculadas con la pandemia.

¿Ustedes colaboran con merenderos?

Hace dos años que apadrinamos al merendero “Milagritos Mezza”, de Virrey del Pino. Nuestra colaboración surgió porque anteriormente estuve trabajando unos años en la organización Techo y tenía buenos contactos, por lo que me pasaron los datos de algunos comedores para colaborar. Fuimos al de Virrey del Pino después de una inundación que habían sufrido y en la que habían perdido casi todo lo que tenían. A partir de ese momento comenzamos a colaborar periódicamente y un día, Delia la responsable, nos propuso apadrinar el merendero y nosotros estuvimos encantados.

¿Cómo es la realidad de ese merendero?

Es asombroso lo que creció el comedor en los últimos dos años y la manera en que se organizan. Cuando fui por primera vez era terrible lo que se veía ahí, sólo algunas casillas. Hoy ya fue progresando. Delia se hizo el pozo de agua con el último IFE que le dieron. Me acuerdo el orgullo que tenía el día que me contó que iban a utilizar los 10 mil pesos para hacer el pozo. Ella le puso el nombre milagritos al comedor por su hija que tiene una discapacidad. Es una guerrera que lleva el comedor adelante y a su familia.

Más allá de esto siguen teniendo muchísimas necesidades. Hay sectores del barrio El Fortín, en el que se encuentra el merendero, con carencias extremas, realmente hay muchísima pobreza. Hasta que no caminé esos barrios no me lo imaginaba. Hay gente viviendo literalmente sobre la basura. De hecho, los barrios en los que están estos comedores nacieron sobre la basura, se hicieron sobre terrenos del Ceamse que fueron tapados con tierra y que empezaron de una toma. De todas maneras, crecieron rápido y te diría que en unos años van a tener asfalto.

¿Quedó algún proyecto pendiente por la pandemia?

Antes de la pandemia queríamos hacer una campaña para juntar materiales y construir un techo con un alero porque el comedor estaba al aire libre. Delia cocina en su casa, pero el merendero funcionaba al aire libre. Finalmente lo pudo hacer ella y el marido porque es albañil. Fueron consiguiendo los materiales y lo construyeron.

Además, queríamos instalarle un termo solar que le habían donado para que tengan agua caliente, pero nunca pudimos ponerlo en funcionamiento porque faltan muchos materiales que son muy costosos y, por la pandemia, tuvimos que postergar el proyecto.


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