El INTA trabaja con técnicas que permiten el desarrollo de las plantas fuera del suelo

(Por Matías Alonso – Agencia TSS) – Crear la fruta perfecta requiere que las condiciones ambientales garanticen un equilibrio entre cantidad de agua, humedad, temperatura y nutrientes de la tierra, aspectos que pocas veces se pueden conseguir de forma natural. El INTA está trabajando junto a una empresa agrícola para poner a punto la producción de frutillas con hidroponía, un sistema en el que las plantas no crecen en el suelo sino en una estructura suspendida, y que permite controlar con precisión las variables a las que se ve expuesto el cultivo.

Mediante esta técnica, que permite mejorar la calidad y bajar el riesgo de producción, las plantas de frutilla crecen en unos caños suspendidos en el aire que contienen un sustrato de fibra de coco y perlita con una alta porosidad, y se utiliza un sistema de regado por goteo con una solución que contiene los nutrientes específicos que necesita la planta en cada momento de su ciclo de vida.

La instalación se encuentra adentro de invernaderos que se abren y cierran de forma automática para mantener la humedad relativa necesaria para mejorar el desarrollo de las plantas y evitar también la proliferación de hongos. Por este método se evita el uso de fungicidas y herbicidas, ya que como las plantas no están en el suelo no deben competir con otras, y de insecticidas, dado que los invernaderos están protegidos con una malla muy fina que evita el ingreso de insectos.

Hace alrededor de 20 años que en la Estación Experimental del INTA de San Pedro investigan sobre este tipo de técnicas de producción agrícola. En la actualidad, su uso está difundido en la producción de hortalizas de hoja, como la lechuga y la rúcula, pero también ha crecido mucho en los últimos años su uso en tomates y pimientos. Inclusive, en la Antártida se está produciendo lechuga para uso interno con esta técnica. El sistema también permite un ahorro del 90% del agua que se usa, ya que es reciclada y permite su análisis en forma más efectiva.

En la localidad bonaerense de Lima, el INTA está trabajando con la empresa ADBlick para la puesta a punto del sustrato en el que se siembran las frutillas. Es necesario que este compuesto tenga una porosidad del 85%, mientras que en un 50% debe poder contener agua. En el invernadero, los caños adonde se siembran las plantas (denominados “multibandas”), pueden ser adaptados en su altura para permitir que haya pasillos entre los cultivos para las tareas de mantenimiento y luego bajarse para tener una superficie plana totalmente cubierta. Esto permite que, en lugar de tener alrededor de 50.000 plantas por hectárea, como en los cultivos tradicionales, pueda haber hasta 190.000 en igual superficie.

El agua que se usa proviene de pozos locales y también de lluvia que se almacena. A ella se le agregan los nutrientes y fertilizantes necesarios, que circulan por un sistema de riego por goteo y luego son recogidos y reciclados para volver a usarse. El sistema también permite analizar parámetros como la cantidad de nutrientes absorbidos por las plantas.

El ingeniero agrónomo Leonardo García, del INTA Zárate, es uno de los especialistas que se encuentra trabajando en el proyecto y le dijo a TSS: “En el campo es muy difícil gestionar la fertilidad física, química y biológica. En cambio, en estos ambientes la fertilidad biológica está más ajustada ya que se evita que haya microorganismos. En una etapa más avanzada está previsto usarlos, pero lo principal ahora es que no se degrade el sustrato, que no pierda porosidad. En fertilidad química tenemos un nivel de avance muy importante en cómo balancear los micro y macronutrientes”.

El último año, en el que la pandemia cambió los modos de vida de muchas personas, también llevó a que se consumieran más productos frescos y de mejor calidad, lo que llevó a cambios en la producción, especialmente en zonas periurbanas. Por ejemplo, en lo que es producción de hoja, en localidades bonaerenses como Chivilcoy y Pergamino, que antiguamente se proveían de lechuga producida en la zona de La Plata y del Mercado Central de Buenos Aires, actualmente hay muchos productores que adoptaron esta tecnología y se capacitaron para usar huertas hidropónicas.

“La ventaja que permite es que se pueden modificar algunos parámetros del ambiente y del manejo de la planta para apuntar a momentos en los que tradicionalmente no hay determinadas frutas o vegetales, o se traen de zonas que están a miles de kilómetros. En el área metropolitana tenemos una superficie importante de cultivos de frutilla pero produce en septiembre, octubre y noviembre. El resto del año se traen de otras zonas de producción” dijo García. También es posible, mediante la modificación de estas variables, cambiar la fecha de cosecha para momentos en los que tradicionalmente la fruta es más cara.

Este tipo de producción está apuntada a mercados muy específicos y por el momento no puede llevarse a cualquier cultivo. Tal como explica García, “es una técnica que está pensada para pequeños nichos de producción. Los forrajes y otros alimentos van a seguir haciéndose en suelo y por eso hay que cuidar cada vez más la tierra porque es nuestra fuente de vida, de ahí sale todo. La economía circular, el ciclo de los nutrientes y la conservación de los suelos es muy importante y hoy nadie lo duda. Pero, en algunos lugares en particular y para algunas producciones como lechuga, tomate, pimientos y frutillas, encontramos que esto puede ser una salida tecnológica a los problemas que se dan con suelos aridados, que por la calidad del agua con la que se riega y por una metalización excesiva del suelo empiezan a perder fertilidad”.

El hecho de que la planta no esté en el suelo también permite que pueda ser trasladada con mayor facilidad. En el caso de la lechuga, se distribuye con una densidad muy alta cuando las plantas son pequeñas y luego se van espaciando cuando tienen más necesidad. Así se puede aprovechar el espacio de producción y la aplicación de nutrientes de forma mucho más eficiente, de una forma que sería imposible si la planta estuviera en tierra, ya que no habría forma de que una planta pudiera soportar ser trasplantada tres veces en poco tiempo sin perder fuerza.

“Se hace un uso más ajustado de los nutrientes que se colocan y de la lluvia, porque se usa agua de lluvia en estos sistemas y es el principal componente de una hortaliza. Siempre decimos que en horticultura vendemos agua en un recipiente muy particular. Todo esto va de la mano de una capacidad de recursos humanos, es gente que tiene que estar convencida y animada para hacerlo y querer llevar adelante sistemas productivos intensivos. Es una suma de recursos humanos, naturales y tecnológicos. En una agricultura del futuro tenemos que pensar en estas tres variables”, explicó García.


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