miércoles, julio 24, 2024
CINE Y SERIES

Puan, la película que alerta sobre los ataques a la educación pública

(Por Ana Clara Pérez Cotten)

Con una de esas dinámicas de correlaciones y acercamientos que solo la ficción puede plantearle a la realidad, “Puan”, la película que escrita y dirigida por Benjamín Naishtat y María Alché, llega a las salas del país en pleno debate por el futuro y el sentido de la educación pública, a la luz de las políticas de detonación del Estado que plantea Javier Milei, y, al mismo tiempo, sitúa a la Facultad de Filosofía de la UBA como un el lugar icónico de la academia nacional, pero también como el epicentro histórico de la lucha de docentes y estudiantes.

“Puan” se adelanta a su tiempo pero lo hace porque da cuenta de cierta trayectoria institucional marcada por la resistencia a los recortes presupuestarios de distintas intensidades y gestiones. Ahora, lógicamente, cuando la propuesta electoral es directamente un vaciamiento de todos los niveles, “Puan” puede leerse bajo el manto de los símbolos que marcaron a generaciones de estudiantes y profesores que pasaron por sus aulas. Entre las ideas de Heráclito, Spinoza, Platón, Hobbes y Rousseau, la película transita los códigos de la comedia en el juego entre el guion y las escenas, pero en determinado momento se filtra la realidad nacional y la historia toma un giro que, al espectador, le resultará necesariamente emparentado con la actualidad.

“Escribimos el guion durante el encierro de la pandemia y, aunque sabíamos que la amenaza sobre la educación pública está latente de forma cíclica en nuestra historia, no nos imaginábamos llegar al estreno con esta sensación de narrativa del presente. Pero es así, a la educación pública en nuestro país -cada tanto- hay que defenderla”, cuenta a Télam María Alché sobre cómo “Puan” cobró una actualidad llamativa a la luz de los programas de recorte que promocionan los candidatos de La Libertad Avanza.

Alché, quien fue a una primaria y una secundaria pública en La Boca y estudió en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc) recibió, junto a Naishtat, el premio al mejor guion en San Sebastián.

“Queremos dedicar este premio a los y las docentes que nos enseñaron a escribir y a pensar en la educación pública argentina”, dijo él. Horas después, el ministro de Educación Jaime Perczyk celebró el premio con un mensaje que da cuenta de hasta qué punto la película invita al debate: “Felicitamos a María Alché y Benjamín Naishtat por el premio recibido en San Sebastián por la película Puan. Este reconocimiento es un orgullo y nos da la posibilidad de contarle al mundo la importancia de la educación pública en nuestro país”.

La historia de la película, elegida para representar al cine nacional en la próxima entrega de los Premios Goya, resuena en aquellos que han pasado por las aulas de la universidad pública: Marcelo Pena (papel con el que Marcelo Subiotto ganó como Mejor Actor en San Sebastián) dedicó su vida a la enseñanza de filosofía política en la Universidad de Buenos Aires. Su mentor, un jefe de cátedra muy respetado, muere inesperadamente, y Marcelo se siente heredero de la cátedra y de toda la construcción de sentido -la bibliografía, los adjuntos, los teóricos- que lo rodeaban.

Todo esto sin imaginar que Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia, más joven, viajado y sobrador) regresará de Europa para disputar el puesto vacante. Los torpes esfuerzos de Marcelo por demostrar que es el mejor candidato desencadenan un divertido duelo, mientras su vida y su carrera profesional entran en un espiral de caos.

El politólogo y docente Diego Sztulwark y la filósofa Jazmín Ferreiro y también estudiantes de la casa ayudaron a los actores a que la película no solo recreara la rica vida de Puan sino que también e sostuviera el verosímil en los gestos, las anécdotas y la interacción en los roles.

No es la primera vez que Puan se convierte en protagonista de la ficción y, desde ahí, se pone la lupa sobre la lógica y la impronta de la institución. “Puan y su moda” fue un blog que buscaba el buen gusto en esta alta casa de estudios previo a la existencia de Instagram y, aunque no sobrevivió a la era de las redes sociales, supo dar cuenta de cómo era la experiencia estética de cursar en la Facultad.

“Filo”, la novela que Sergio Olguín publicó en 2003 y que se reeditó por Alfaguara en 2017, tiene como escenario casi exclusivo la Facultad de Filosofía y Letras y sus bares cercanos.

“La generación de mis padres tuvo el café La Paz, el bar Moderno, el Instituto Di Tella; nosotros, más modestos, ya en un mundo roto, tuvimos el patio de Puan. En términos arquitectónicos y paisajísticos, el lugar era horrible: puro cemento, pintadas ilegibles en las paredes, gris sobre gris sobre gris. Un cuadrilátero donde la gente se juntaba a emitir monólogos exagerados y a fumar tabaco armado. Si levantábamos la cabeza para mirar el cielo, nos interrumpía un enrejado blanco, de función incierta, aunque alguna vez alguien me aseguró que esas rejas estaban ahí por si alguien se tiraba desde las ventanas de los pisos superiores. Una suerte de red en el aire, para que el potencial suicida no lastimara a los estudiantes que parloteaban en los bancos de la planta baja. Me sonó un tanto inverosímil, pero de ese tipo de relatos, también, estaba hecha la época. Una época de transición entre dos siglos, entre un mundo analógico y uno digital, entre el mundo de los trabajos estables y el de la precarización. Una interzona donde todo estaba mutando, aunque todavía no nos dábamos cuenta”, recupera Mauro Libertella en su última novela, “Un futuro anterior”, sobre un patio “en el que nunca pasaba nada, pero siempre pasaba algo”.

“En medio del encierro pandémico, escribir sobre Puan fue una forma de recuperar el deseo de habitar los lugares, un anhelo. Y en las distintas reescrituras se fue convirtiendo en una suerte de personaje, con sus particularidades. Después, cuando decidimos llamarla “Puan”, eso decantó como una cuestión más clara”, admitió Alché sobre la película, que repara en los guiños de los militantes que piden un minuto para pasar a conversar ante los alumnos, el profesor con mochila y maletín hablando durante horas para cuatro personas y las pequeñas rencillas intelectuales donde se juegan el ego.