Argentina, el país anti ilustración

Por Santiago Tulián, presidente de la Juventud Radical de La Matanza.

El filósofo Immanuel Kant definía a la ilustración como “el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo.” Según Kant, esa minoría de edad significaba la incapacidad del hombre “para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro.”. El hombre era culpable de esa minoría de edad cuando su causa no residía “en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía de algún otro.”. No se trataba de una persona incapaz de comprender, carente de medios para hacer un juicio de valor que fuera la guía de su accionar, sino de falta de coraje para valerse por sí mismo. Por ello, nos decía Kant, “¡Sapere aude! [atrévete a saber]” ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración”[1].

En la Argentina somos expertos en responsabilizar al otro de nuestros defectos. Si nos equivocamos, siempre tenemos a mano una excusa para eximirnos de culpa. En estos días, y con el auge de los discursos anti política, esta práctica se ve a las claras: “El problema de la Argentina es la casta política”, dicen por ahí. Y mucha gente, aun sin intenciones de votar por este tipo de movimientos, comparten firmemente afirmaciones de esta magnitud, lo que demuestra que no es casual que la intención de votos de las figuras que representan estas ideas se agigante cada vez más. Pero no nos quedemos allí, también están quienes creen que el país está en estas condiciones decadentes gracias a “la existencia del peronismo”.

Absolutamente todos los males que rodean a la nación serían por obra pura y exclusiva del peronismo. No desconozco la negativa injerencia del partido justicialista en la escena nacional, de hecho, soy extremadamente crítico de dicho movimiento, pero pensar que nuestra actualidad se explica únicamente por su participación en los diversos gobiernos en los cuales estuvieron a cargo es un tanto simplista. Lo mismo que el argumento que atribuye todas las desgracias a la “casta política”.

Seamos serios: los políticos son un reflejo de lo que somos como sociedad, le pese a quien le tenga que pesar. Digamos que, por ejemplo, no es casualidad que Alemania tenga como canciller a una persona de tanto prestigio como Angela Merkel o que en Finlandia sea considerado como un “escándalo de corrupción” que la primera ministra haya utilizado 30 dólares mensuales de las arcas públicas para alimentar a su familia en la residencia oficial. Sociedades diferentes, políticos diferentes, valores diferentes. No hay muchas vueltas para darle. Reflexionemos por un segundo de nuestras conductas cotidianas y relacionémoslo con la definición de la Ilustración que nos regaló Kant.

¿Realmente somos capaces de guiarnos por nosotros mismos o necesitamos permanentemente de alguien que nos diga qué es lo que debemos hacer y qué no? ¿Cuál es nuestra capacidad de hacer frente a nuestro deber para garantizar la coexistencia con los demás? ¿Cuán fieles somos al respeto por las normas? Peor aún, nuestra clase política en numerosas oportunidades redacta y sanciona cierto tipo de leyes a sabiendas de que inevitablemente van a ser incumplidas, pero a pesar de ello decide hacerlo igualmente por una mera cuestión de formalidad, para generar buena apariencia. Digo, me pregunto, ¿Acaso esa no es una conducta muy típica de nuestra sociedad? ¿Maquillar el ambiente con palabras bonitas y hacer exactamente lo opuesto a nuestros dichos?

No va a faltar quien me diga que este tipo de comportamientos sucede hasta en los países de mejor calidad de vida, pero que la diferencia radica en las instituciones y su capacidad de control. A ellos les pregunto, ¿Quién crea las instituciones y garantiza su funcionamiento? ¿Realmente el aparato estatal puede ser tan grande como para controlar semejante nivel de anarquía o no será que hay una norma general implícita en la cual, ordinariamente, las personas se comportan como deben en una sociedad civilizada del siglo XXI y excepcionalmente no lo hacen? En nuestro país la norma es, paradójicamente, no cumplir la norma; la excepción es quien la cumple.

Casi siempre presuponemos que el otro va actuar como no debería y por eso vivimos en un estado de desconfianza permanente. Y no nos equivocamos: sabemos que quien está en frente seguramente vaya a incumplir con su responsabilidad porque nosotros también lo haríamos. ¿Hay excepciones? Sí, claro. Justamente, excepciones. Pero reitero, no podemos desconocer nuestra creencia de que el apego a las normas es una cosa de “tontos” y el incumplimiento una práctica de “vivos”. Entonces la conclusión es jamás hacer lo que se debe. Y el problema radica en que “para hacer lo que se quiere” es necesario entrelazar el “querer” con el “deber”.

Siempre, pero siempre, para hacer algo hay que renunciar a algo. Y trasladando el concepto a una sociedad, de eso se trata ser un “ciudadano” en los términos de Rousseau. Significa asumir que somos poseedores de numerosos derechos, pero también que cada uno de ellos conlleva implícitamente consigo obligaciones: o bien la de respetar ese derecho, o bien la de asegurar su cumplimiento. Hay que salir de la lógica infantil de lo imposible; de pensar que las cosas son absolutas, que no existen limitaciones propias de vivir en una comunidad, lo que supone tener que coexistir con otras personas, y que además esa comunidad tiene recursos limitados.

Necesitamos vivir en un país en donde no sea necesario que para cumplir con las normas que nosotros mismos creamos tenga que venir permanentemente el aparato estatal a poner orden. Debemos ser capaces de razonar por nosotros mismos para entender que el límite a ciertas conductas es un presupuesto necesario para garantizar la libertad y el mejor funcionamiento. En el “sálvese quien pueda” no hay libertad; hay una condena a la decadencia. Y el buscar el defecto en el otro es una manera de escapar a lo obvio: nosotros somos culpables de nuestra minoría de edad. Tomemos las enseñanzas de la ilustración para salir adelante.


[1] Kant, Immanuel (2004): ¿Qué es la Ilustración?. Ed. Roberto R. Aramayo: Madrid. Editorial Alianza.